Educación: El juego como actividad de enseñanza y aprendizaje
- Héctor Kuga Carrillo
- 12 ene
- 2 Min. de lectura
El juego es una herramienta pedagógica clave porque conecta el aprendizaje con la motivación y la experiencia. No se trata solo de una actividad recreativa, sino de un recurso que permite desarrollar habilidades cognitivas, emocionales, sociales y físicas de manera integrada. Cuando el aprendizaje se da a través del juego, el estudiante participa activamente, comprende mejor los contenidos y los asocia con situaciones reales.
Desde la neurociencia se ha demostrado que, al jugar, se activan áreas del cerebro relacionadas con la atención, la memoria y la motivación. Esto favorece un aprendizaje más profundo y sostenido en el tiempo. Además, el juego respeta la diversidad de estilos de aprendizaje, ya que cada estudiante puede explorar, experimentar y resolver problemas a su propio ritmo.
En el ámbito educativo, el juego aporta beneficios concretos. A nivel intelectual, estimula la creatividad, el razonamiento y la capacidad de tomar decisiones. En lo emocional, ayuda a reconocer y regular sentimientos como la frustración, la alegría o la empatía. En lo físico, promueve el movimiento y la coordinación. Y en lo social, fortalece el trabajo en equipo, la comunicación y el respeto por normas y roles.

Por ejemplo: En una clase de primaria sobre matemáticas, el docente propone un “mercado escolar”. Los estudiantes reciben monedas ficticias y deben comprar y vender productos, resolver sumas, restas y calcular cambios. A través del juego, comprenden operaciones básicas, practican habilidades sociales y pierden el miedo al error, ya que aprender forma parte de la dinámica lúdica.
Aunque el juego suele disminuir a medida que se avanza en los niveles educativos, su incorporación sigue siendo necesaria. La gamificación educativa permite trasladar elementos del juego —desafíos, reglas, recompensas y trabajo colaborativo— a cursos superiores, siempre alineados con el currículo.
Recuperar el juego en el aula exige docentes creativos y metodologías activas. Diseñar actividades lúdicas puede demandar más planificación, pero genera mayor compromiso, mejor comprensión y aprendizajes verdaderamente significativos. Aprender jugando no es retroceder: es educar de manera más efectiva y cercana a la realidad del estudiante.
El sistema educativo enfrenta hoy el desafío de enseñar con sentido y conexión real con quienes aprenden. En ese escenario, el juego no es una moda ni un recurso accesorio, sino una herramienta pedagógica concreta que mejora la atención, la comprensión y la participación.
Incorporar dinámicas lúdicas en la enseñanza permite pasar de la transmisión de contenidos a experiencias de aprendizaje activo. El resultado son estudiantes más comprometidos, capaces de pensar, crear y colaborar. Apostar por el juego en el aula es apostar por una educación más efectiva, cercana y coherente con las habilidades que la sociedad actual demanda.






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