TOPITOP: cómo un pequeño emprendimiento peruano logró sostenerse en un mercado competitivo
- Héctor Kuga Carrillo
- 13 ene
- 2 Min. de lectura
Hablar de TOPITOP no es hablar de un “milagro empresarial”, sino de un proceso largo, marcado por decisiones concretas y una lectura realista del mercado. En el Perú, donde muchos emprendimientos se quedan en el intento, su caso resulta ilustrativo precisamente porque no empezó con ventajas.

La historia se remonta a fines de los años setenta. Aquilino Flores, tras la muerte de su padre, migró de Huancavelica a Lima. Trabajó limpiando autos y vendiendo golosinas, hasta que, junto a sus hermanos Carlos, Marcos y Manuel, reunió ahorros para comprar una pequeña máquina de tejer. No fue una apuesta romántica: fue una salida práctica. Confeccionar polos y añadir diseño permitió vender algo más que un producto básico. Ahí apareció la oportunidad.
En 1983, los hermanos formalizaron el negocio bajo el nombre de Topy Top, luego TOPITOP, con una idea clara que se mantiene hasta hoy: moda, calidad y buen precio. No buscaron diferenciarse con promesas vacías ni con una imagen alejada de la vida cotidiana de su cliente. Entendieron a quién le vendían y ajustaron toda la operación a ese perfil.
Un punto clave fue la producción propia. Mientras muchas marcas dependían de terceros, TOPITOP decidió integrar su cadena productiva. Eso le dio control sobre costos, tiempos y calidad, y le permitió responder con rapidez a los cambios del mercado. En una industria donde la moda no espera, esa capacidad de reacción marca la diferencia.
El crecimiento fue gradual. En 1986 abrieron sus primeras tiendas formales en Lima y con los años consolidaron presencia en casi todas las regiones del país. Hoy, TOPITOP cuenta con alrededor de 73 tiendas a nivel nacional, consolidando su red física además de operar con fuerza en plataformas digitales.
El caso TOPITOP deja una lección incómoda pero necesaria: el éxito no se construye solo con una buena idea ni con visibilidad. Se construye con gestión, disciplina y decisiones poco vistosas, pero consistentes. En mercados competitivos, crecer rápido puede ser tentador; durar, en cambio, exige cabeza fría.
TOPITOP no ocultó sus límites ni prometió más de lo que podía cumplir. Tal vez por eso sigue ahí. Y eso, en sí mismo, ya dice bastante.






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