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Más allá de un sueño: la lucha constante del emprendedor

Por: Óscar Basurco - CEO CEPEFODES En el imaginario colectivo peruano, la idea del "negocio propio" es una constante cultural ineludible. No es casualidad que el Perú sea reconocido recurrentemente por el Global Entrepreneurship Monitor (GEM) como uno de los países con mayor intención de emprendimiento en América Latina. Sin embargo, existe un abismo silencioso entre la euforia de concebir una idea y la disciplina necesaria para materializarla.


La narrativa romántica del emprendedor que inicia con recursos mínimos suele omitir la estadística más cruda: según datos de la Cámara de Comercio de Lima, un alto porcentaje de nuevos negocios no supera el tercer año de vida. La razón principal es la gestión deficiente y la informalidad. A pesar de ello, la transición de soñador a empresario es el camino más urgente para generar riqueza sostenible, pues quedarse en el terreno de las ideas no da dinero, no da empleos, y, sobre todo, no trasciende.


Además, uno de los mayores obstáculos para quien desea emprender es la percepción de la burocracia como un enemigo, cuando en realidad, la constitución formal es el cimiento indispensable para que el proyecto tenga identidad y futuro. Oscar Basurco, CEO de Cepefodes y referente en el desarrollo de la MIPYME en el país, es enfático al señalar que el sueño deja de ser una fantasía solo cuando aterriza en el papel legal. "Muchos emprendedores ven la formalización como una meta lejana, algo que harán 'cuando les vaya bien'. Es un error de concepto fundamental", explica Basurco. "La empresa debe nacer bien para poder crecer. Constituirse no es solo un trámite, es obtener el acta de nacimiento que te permite acceder al sistema financiero y proteger tu patrimonio personal. Sin ese paso, el sueño tiene fecha de caducidad".


Las cifras respaldan esta visión pragmática. Las empresas formales tienen hasta cinco veces más probabilidades de acceder a créditos bancarios con tasas competitivas en comparación con los negocios informales, quienes muchas veces quedan atrapados en financiamientos personales con intereses predatorios. Pasar del sueño al emprendimiento implica, por tanto, un cambio de mentalidad: dejar de pensar en la subsistencia diaria para enfocarse en la rentabilidad a largo plazo. En un escenario donde la informalidad laboral sigue siendo un reto masivo, el emprendedor que estructura su negocio deja de ser un autoempleado vulnerable para convertirse en un generador de valor real.


Es en esta etapa crucial donde la visión debe acompañarse de herramientas de gestión, contabilidad ordenada y cumplimiento normativo. "El miedo al fracaso paraliza, pero el miedo al desorden debería ser mayor", sentencia el CEO de Cepefodes. "En mis años de experiencia viendo nacer miles de empresas, he notado que la diferencia entre el que sueña y el que logra, no es el talento, es la ejecución. El emprendedor exitoso es aquel que entiende que su negocio es una entidad separada de él mismo, y como tal, debe cuidarla, formalizarla y respetarla".


El contexto actual ha democratizado las oportunidades; constituir una empresa hoy es más ágil que hace una década y el acceso a mercados es inmediato gracias a la tecnología. Quedarse en la fase del sueño es una oportunidad perdida. Convertir una idea en una empresa formal es, en última instancia, un acto de fe en el propio potencial, demostrando que el camino es arduo, pero que construir algo propio, legal y escalable es la única forma de dejar de soñar para empezar a vivir la realidad empresarial.

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